martes, 21 de octubre de 2014

El despertar de una mujer

Era una mañana fresca, no hacía mucho calor pero ella solo estaba tapada con una sábana blanca. Las ventanas estaban cerradas en su habitación y la gruesa y oscura cortina impedía el paso de la luz. La habitación estaba sumida en una penumbra casi tan oscura como la oscuridad.
La dulce mujer seguía en un plácido sueño, parecía que el más mínimo ruido la despertaría.     
 Su cuarto estaba desordenado, algunos libros, ropa sucia, papeles y tazas vacías en las que se había tomado una chocolatada. La puerta estaba abierta, el ruido proveniente de las otras habitaciones se escuchaban a la lejanía. Pero uno en particular. Uno se acercaba.
Cuando estuvo demasiada cerca, logró hacer que la hermosa muchacha, de cabellos castaños y piel pálida, se despertara alterada.
Al principio a la señorita le costó ver en la penumbra. Sin contar que hace milisegundos se había despertado.
Frente a ella había un hombre parado, con un pasamontañas negro, un suéter que combinaba y un jean azul. Parpadeó varias veces para terminar de verlo, se refregó los ojos y se quedó pasmada cuando pudo ver bien.
La estaba apuntando con un arma. Ella no tuvo ni tiempo de gritar que una bala se incrustó en su frente. Cayó sobre la cama mientras un manchón de sangre se expandía.
La mujer se estaba sumiendo en un profundo sueño, el de la muerte.
Se despertó en una pradera. Aún llevaba el pijama. Era un vestido sencillo que le quedaba demasiado corto y un short viejo. Así era ella. Desentonaba completamente con la pradera.
Un viento cálido y seco comenzó a soplar, el césped comenzó a moverse hacia donde el viento empujaba, se movía con violencia. Como si el cálido viento hubiese arrasado con toda la humedad del lugar, el pasto comenzó a secarse, a tornarse amarillento. Ahora la hermosa pradera se encontraba seca y calurosa.
El viento se detuvo, pero el calor no cesó. Tal vez fue por las altas temperaturas, o el sol que azotaba sobre el pasto seco. Pero todo comenzó a arder en llamas.
El fuego se desataba y avanzaba a espaldas de la muchacha que ya había comenzado a correr. Una nube de humo negro tapó el cielo cubriéndolo todo de oscuridad. 
La muchacha ya no sabía hacia donde huir, la oscuridad no le permitía ver hacía adelante. De pronto las llamas comenzaron a acercarse y a iluminarlo todo, ya estaba rodeada.
Se tiró al suelo y comenzó a gritar, para salir de esa pesadilla, de esa no-realidad.
Si ya estaba muerta ¿Volvería a morir? ¿Se iría al infierno al ser atrapada por las llamas?
Por causas no naturales, de las nubes de humo comenzaron a caer gotas. Comenzó a llover.
Lentamente, mientras las nubes se condensaban, iban desapareciendo dejando que rayos de luz se filtraran a través de ellas. Mientras que las llamas iban extinguiendo.
Era un milagro, se había salvado. En minutos las nubes habían desaparecido, las llamas se habían apagado y todo quedó como antes. Claro que la hermosa pradera ahora estaba arrasada, pero al menos había una mínima sensación de paz.
Siguió caminando, recto. Sin ningún destino.

Caminó durante bastante tiempo. Hasta que llegó a un hermoso árbol, gigantesco. A medida que se había alejado de la zona de las llamas, la flora se veía más viva.
Bajo el árbol había alguien, parecía estar esperándola. Parecía impacientado.
Cuando ella por fin llego al pie del árbol junto al hombre, el ambiente se llenó de incomodidad.
-Te esperé demasiado- dijo sin ninguna expresión, con la voz seca. Como si no hubiese hablado durante mucho tiempo.- Es hora de que te enteres la verdad, es hora de que sepas que nada es como creías. No hay cielo, no hay infierno. Solo hay vida y hay muerte. Y la muerte no es lo que parece.
-No… no te entiendo- logró articular. No había oído su voz en mucho tiempo o al menos parecía que había pasado mucho tiempo. Eso la había sorprendido.
El viento seco y caluroso volvió a soplar, y a secar la vegetación otra vez. La muchacha cerró los ojos para cubrirse del viento que la golpeada directamente en el rostro.
Cuando cesó y pudo abrir los ojos, el hombre ya no era lo que era.
Su piel, se veía escamosa y verde. Su rostro se había estirado y  era mucho más alto.
-A dónde vas, traes destrucción.
El árbol también se secó, sus hojas cayeron y el tronco reseco pareció envejecer mil años.
A lo lejos el muro de llamas volvía a llegar. La mujer comenzó a correr desesperada, con el monstruo detrás de ella. Se movieron a tiempo justo cuando el tronco cayó desquebrajándose.
La tierra parecía temblar, las llamas los rodearon a ambos y las nubes de humo taparon el cielo. Una roca salió de debajo de la tierra, quebrando el suelo. En la punta de la piedra una espada  estaba apoyada en ella.
La piedra era pequeña, habría medido un metro y medio de altura cuanto mucho. Pero al haber salido de debajo de la tierra produjo un levantamiento.
Estaba justo en medio del círculo de llamas, a la misma distancia de la mujer que del hombre. Ella no lo dudo  y salió corriendo hacia la espada. El humo parecía haber atontado al monstruo por lo que tardó en reaccionar. La mujer tomó la espada primero, se veía más pesada de lo que era.
Ni bien ella había tomado la espada se alejó de la piedra al tiempo en el que el monstruo cayó en ella de un salto. La piedra se había rajado. La bestia volvió a saltar, pero esta vez en dirección a ella.
Como un autoreflejo sacudió la espada de un lado al otro y la bestia terminó cortada al medio.
La mujer miró por última vez las nubes, algo le decía que no volvería a llover como antes. Tal vez lo de antes solo fue para que apresurara el paso y llegara más rápido con el hombre-monstruo.

Inmediatamente, luego de mutilar al monstruo, lanzó la espada lejos de ella, se miró las manos. Estaban manchadas en sangre, no literalmente. El calor y el humo la estaban sofocando.
La roca se partió y se hundió en la tierra, dejando un hueco. Un hueco del cual una hermosa sensación de frio salía. La mujer se acercó con delicadeza. Había una escalera que bajaba y se perdía en la oscuridad. Gritos de pena y de dolor se oían en las profundidades.  ¿Pero que podía hacer ella? Era su única salida.
Antes de bajar se preguntó si sería ese el infierno. Ella siempre se imaginó al infierno frio. Un frio que te quema, algo raro. Se preguntó si tal vez no debió haber matado al monstruo y si de no haberlo hecho tal vez si hubiese ido al cielo. Pero las palabras del monstruo volvieron a su cabeza “No hay cielo, no hay infierno”.
Con estas últimas palabras resonando una y otra vez en su mente bajó las escaleras con cuidado pero rápido.
Se vio obligada a apresurarse cuando las llamas comenzaron a bajar y las escaleras a derrumbarse detrás de ella. No querían que volviera.
Unos ruidos familiares se escucharon, ruidos que jamás olvidaría. Esos que había escuchado antes de morir, esos que la habían despertado de su placido sueño.
Pero los ruidos no la distrajeron, siguió bajando, cada vez más rápido. Las llamas ya habían dejado de seguirla, pero  las escaleras seguían cayéndose.
A los lados no parecía haber nada más que vacío, por lo que procuró no caerse. Cuando por fin llego al final se dio cuenta que no había nada. Solo otras tres escaleras apuntando a diferentes puntos. Y esas escaleras terminaron de caer junto con la otra, por la que ella había descendido.  Estaba parada en la nada misma. Oscuridad y frio.
Hasta que cayó. Comenzó a caer por un vacío que parecía no terminar jamás. Ella creyó que nunca terminaría de caer.
Hasta que despertó en su cama, con un ruido familiar que se venía acercando. Eso ya lo había vivido. Lo estaba viviendo otra vez. Era una mañana fresca, no hacía mucho calor.
Las ventanas estaban cerradas en su habitación y la gruesa y oscura cortina impedía el paso de la luz. La habitación estaba sumida en una penumbra casi tan oscura, como la oscuridad.
Aunque todavía no veía del todo bien, ya que recién se había despertado, se levantó y se hizo a un lado. Justo cuando el primer disparo salió despedido de la pistola del atacante.
Se lanzó sobre él y comenzaron un forcejeo. Pero el hombre era más fuerte.
Logró liberar el agarre de la mujer y dio un disparo rápido. Ese disparo fue a parar en el abdomen de la muchacha que cayó otra vez en la cama.
La cama comenzó a teñirse con un gran manchón de sangre. Mientras que la mujer se sumía en un profundo sueño. El de la muerte, otra vez.

Se despertó en una pradera y aún llevaba el pijama puesto. Tal vez iría por una tercer oportunidad.


-JULE

No hay comentarios.:

Publicar un comentario