domingo, 2 de noviembre de 2014

Catrina

La muchacha tocó el frio y húmedo adoquín que cubría la calle por completo con la punta de sus pies.
Su falda escarlata hacía juego con su extraño sombrero, en el cual una gran pluma negra descanzaba, aclamando la atención de la gente que se detenía a su alrededor, dispuesta a hacer lo que fuese por un favor de la joven exéntrica.
Ella siguió caminando hasta la plaza central, donde la feria se alzaba en todo su esplendor, como todos los dias.
Buscó un puesto vacio donde dejar sus cosas, y comenzó a prepararlo.
La seda fria roja y negra sólo servían para llamar la atención. Porque eso buscaba.
No puso nada sobre la mesa, salvo su sombrero rojo y exuberante dado vuelta.
Su cabellera negra y ondulada se sacudió con el viento, y sus ojos del mismo color, brillaron con el reflejo del ardiente sol.
La música se hizo presente en todo el lugar. Las panderetas, los tambores y la guitarra que eran acompañados por los cantos de alguien, causaban los movimientos involuntarios de algunas personas, como los de la joven parada detrás de su puesto.
Sacudió la cabeza al compas de la música, y las nubes se apartaron, dejando el cielo despejado por completo. Sus manos se deslizaron sobre las marchitas plantas de a su alrededor, justo cuando un lirio rojo florecía, y sus pies se movían con ritmo, imitando el paso de la gente que se apiñaba a su alrededor, deseosos de apreciar un espectáculo como el que ella prometía. Una mirada bastó para que sus viejos zapatos de bailarina volvieran a ser del mismo azabache que su largo cabello y el lazo recuperara la intensidad del escarlata de su falda.
Las monedas pequeñas, grandes, relucientes y sucias fueron cayendo sobre el sombrero a medida que pasaba el tiempo.
Ella sonreía y seguía vendiendo ilusiones, como había aprendido hace tiempo.
Sus uñas barnizadas desprendián un delicioso aroma extraño y su encantadora sonrisa vendía más que sus trucos.
Ella permaneció haciendo favores durante toda la tarde, sonriedole a la gente y disfrutando las melodías que sonaban en la plaza, entre carcajadas y charlas.
Había necesitado sacar las monedas del sombrero y meterlas en su bolso dos veces.

Entrada la noche, los puestos habían ido desapareciendo, siendo reemplazados por las luces de las farolas, y la música se había vuelto más insistente, pidiendo que la acompañen en una danza de sonrisas.
La muchacha guardó el dinero en su bolso, contenta con lo que había ganado aquella tarde, y se dispuso a marcharse lejos de aquel animado lugar, cuando una mano jaló de su brazo, atrayéndola a la multitud de cuerpos que se movían sin prisa aparente.
Del cielo se escapó un rugido feroz, anunciando la cercana lluvia. Intentó escapar de aquel lugar, alarmada por la tormenta que se avecinaba, pero la mano del joven que la tomaba del brazo no estaba dispuesta a soltarla. Quería bailar.
Indicó con un gesto de manos que debía marcharse, y el muchacho la soltó, despidiéndose con una cómica sonrisa.
Ella levantó el sombrero que se le había caido apurada, se acomodó el bolso, y corrió.
Debía alejarse de aquel lugar.
Las gotas de agua comenzaron a caer, y a nadie le importó, hasta que el lirio rojo volvió a convertirse en la planta seca que solía ser, y la hermosa joven de risos dorados volvió a tener más de sesenta. Los zapatos azabaches de la muchacha se detiñeron, las plantas del parque volvieron a marchitarse, la música dejó de resultar atrayente, el pequeño puesto que ella había montado se desmoronó, la elegante vestimenta del muchacho de sonrisa cómica volvió a convertirse en un montón de harapos sucios y gastados.
Todo había vuelto a como era antes de que la muchacha montara su puesto en la plaza para vender ilusiones.
Salvo porque habían perdido su dinero.
Mientras tanto, saliendo de aquel pueblo en el medio de la nada, una muchacha de sombrero exuberante y mirada oscura iba pacíficamente en su carro.
La lluvia la había alcanzado, y su brillante y negro cabello había ido perdiendo color hasta caerse por completo. Sus ojos, dos cuencas vacías y oscuras, repletas de odio y astucia, observaron sus esqueléticas manos mientras encendía un cigarro.
Le habría gustado sonreir, ante todo el dinero que descanzaba en su bolso, pero no podía hacerlo. No tenía labios.
De hecho, salvo por su elegante carro y su bolso lleno de monedas, no era más que una simple calavera garbancera con un sombrero exuberante.

Atte. Howl

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